Ante el avance implacable del cambio climático, los bionegocios emergen como una apuesta estratégica para poner en valor los conocimientos ancestrales y las capacidades territoriales. Estos modelos buscan consolidar economías sostenibles que aseguren la subsistencia de las poblaciones —principalmente indígenas—, ofreciendo alternativas reales frente al avance de economías ilegales como la tala y la minería.
Actualmente, diversas entidades nacionales e internacionales impulsan estas iniciativas mediante fondos y cooperación técnica. El objetivo es claro: empoderar a las comunidades para que sus productos ingresen con éxito al mercado. No obstante, la articulación estatal permanece como una tarea pendiente, especialmente en el desafío de transversalizar este enfoque hacia los sectores económicos y productivos, más allá del ámbito estrictamente ambiental. Este paso es crucial para garantizar un apoyo estatal formal a iniciativas que incorporen más de un enfoque, promoviendo así su sostenibilidad.
Para profundizar en este modelo de resistencia y resiliencia frente al cambio climático, conversamos con Patricia Balbuena Palacios, exministra de Cultura, quien posee una amplia trayectoria de trabajo junto a poblaciones amazónicas. Balbuena ha sido pieza clave en la formación, implementación y fortalecimiento de diversos bionegocios que hoy son ejemplos de que el aprovechamiento sostenible de nuestra Amazonía es posible y necesario para el desarrollo de estas poblaciones.
Hoy se habla de bionegocios y bioeconomía. ¿En qué se diferencian y cuáles serían sus principales retos?
Podemos definir el término bionegocio como una categoría dentro de lo que llamamos bioeconomía. Este último concepto es un paraguas muy amplio y, dentro de ese parámetro, un espacio específico es el bionegocio. La bioeconomía puede incluir más ámbitos, como la economía circular, entre otros. Además, está guiada por la Hoja de Ruta de Finanzas Verdes y la Estrategia Nacional de Diversidad Biológica del Ministerio del Ambiente, que son los instrumentos de política para lo que llamamos bioeconomía y bionegocio. Allí están establecidos el marco conceptual y las definiciones.
Entonces, para entenderlo fácil: la bioeconomía es la caja grande y los bionegocios son las cajas pequeñas que están dentro. Por eso, los bionegocios tienen que ver con el aprovechamiento que las poblaciones hacen de los recursos que les brindan los ecosistemas donde habitan. Por ejemplo, el turismo de paisaje o vivencial: ¿cómo aprovechar el ecosistema para obtener beneficios económicos manteniendo los bosques en pie? O el uso de fibras de palmeras para crear productos que generen ingresos.
Los bionegocios parten de tres elementos esenciales para ser considerados como tales:
- Un recurso natural para ser aprovechado.
- Los conocimientos tradicionales de la población para dicho aprovechamiento.
- El valor agregado mediante tecnología que, junto al recurso y al saber ancestral, crea un producto insertado en una cadena de valor.
¿Cómo entendemos estos conceptos en un contexto de cambio climático y protección de la Amazonía?
Ahora se utiliza el concepto de bionegocio, pero antes se hablaba de econegocios. Estamos pasando de una lógica de conservación pura donde se establecía un área protegida y reglas rígidas para "proteger" los recursos, a una agenda ambiental mucho más amplia, donde las personas están al centro.
Nos preguntamos: ¿por qué busco conservar? Porque buscamos recursos que garanticen el futuro de la humanidad. Antes, la estrategia era el aislamiento; ahora el giro es asegurar que los recursos generen ingresos y mejoren la calidad de vida de las poblaciones, evitando que opten por economías ilegales o abandonen sus zonas.
Los bionegocios buscan generar y garantizar un triple impacto —social, económico y ambiental— para que las personas mejoren su calidad de vida, logrando adaptarse o enfrentar los efectos del cambio climático y conservar sus medios de vida. Por ejemplo, contribuir a que no se talen las palmeras en los humedales; cuando estos se secan, emiten dióxido de carbono, sumándose al calentamiento global.
¿Por qué han tomado impulso en los últimos años y por qué el Perú debería prestarle atención?
El impulso viene principalmente de la cooperación internacional y de la agenda pública del Ministerio del Ambiente, que está definiendo políticas e instrumentos financieros. Por ejemplo, COFIDE otorga préstamos a las cajas municipales y estas, a su vez, a asociaciones de bionegocios con tasas preferenciales. También el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) promueve incubadoras que acompañan estas iniciativas. El desafío actual es lograr que esto trascienda el ámbito ambiental y llegue a los sectores productivos como Agricultura y Producción.
¿Qué experiencias exitosas existen en el Perú?
Hay varias iniciativas interesantes. El tema de la castaña en Madre de Dios se está consolidando con cooperativas que tienen más de 20 años exportando. También se está recuperando el cacao nativo o "chuncho", que tiene un nicho de mercado por su sabor único.
Otro ejemplo es el camu camu en Ucayali o el caso de la empresa AJE, que compra frutos como el aguaje para elaborar bebidas. Sin embargo, el modelo latinoamericano más exitoso es la empresa brasileña Natura, que une conservación y mercado, y que ahora busca garantizar producción en Perú. Brasil es el país que más ha impulsado el bionegocio como un modelo industrial.
¿Cómo incorporar a los pueblos indígenas en este nuevo enfoque?
En realidad, ya están incorporados porque casi todos estos productos están en sus territorios; los pueblos amazónicos son titulares de aproximadamente 20 millones de hectáreas. El reto es hacerlos partícipes activos y no solo beneficiarios o proveedores de materia prima para un tercero.
La Amazonía no es una despensa que no se agota. Buscamos que el recurso sea renovable. Un ejemplo: si quieres frutos de palmera, no debes talarla. Se debe implementar un modelo de aprovechamiento moderado que permita que la especie se siga reproduciendo y alimentando a la fauna local. Debemos garantizar la sobrevivencia de las especies y de todo su entorno.
¿Cómo poner en valor los saberes ancestrales en este contexto?
Uno de los pilares de los bionegocios es la valorización de los conocimientos indígenas, que muchas veces son subestimados. Ellos conocen ancestralmente el uso de las plantas y sus beneficios. El problema es cuando las empresas recogen ese saber pero no retribuyen beneficios. Debe haber una justicia económica alrededor de esta sabiduría para evitar la apropiación indebida sin un retorno justo para las comunidades.
¿Cuáles son los retos de los pueblos indígenas para lograr un alto beneficio?
El reto es grande. Al ser asociaciones pequeñas, con poca tecnología, altos costos de flete y falta de conocimiento del mercado, el riesgo de fracaso es más alto que en cualquier emprendimiento común. Se debe trabajar para reducir esas brechas y garantizar condiciones de mercado justas.
¿Cuáles serían las líneas maestras para el aprovechamiento de los recursos con enfoque de sostenibilidad?
Como país, aún no las tenemos plenamente definidas, pero se está trabajando en una estrategia nacional. Estamos iniciando; nos falta dar el salto para que a las autoridades regionales les importe realmente el tema. Necesitamos identificar las condiciones necesarias para convertir esto en una línea de producción nacional, tal como lo hizo Brasil.
¿Cómo se integran los bionegocios a los compromisos ambientales del Perú ante el cambio climático?
Son una estrategia para sumar esfuerzos en la conservación de bosques y biodiversidad. Buscan que la población mantenga una relación armoniosa con su entorno y no se vea acorralada por una economía monetaria que la obligue a depredar para poder subsistir.
¿Cómo se involucra la academia en estos temas?
Todavía no se ha involucrado profundamente. Necesitamos mucha investigación y desarrollo tecnológico; hay mucho camino por trabajar ahí.
¿Qué instituciones tienen mayor involucramiento y brindan fondos o asistencia técnica?
Hay muchas organizaciones y cooperantes, como el Fondo Verde para el Clima, que financia Bioinversión Amazónica, o la Declaración Conjunta de Intención (DCI) de varios países que apoyan a gobiernos regionales. Organizaciones como WWF o WCS también están muy involucradas. Sin embargo, la mayoría de los actores siguen muy ligados solo a la parte ambiental; falta incorporar a quienes financian lo social y lo económico, y lograr una intervención estatal transversal en todos los sectores productivos.
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Tras su paso por el Ministerio de Cultura y su valioso trabajo junto a pueblos indígenas, hoy vemos a Patricia Balbuena consolidarse como una líder que impulsa proyectos orientados a la conservación de la Amazonía a través de los bionegocios. Su trayectoria y compromiso la convierten en una voz autorizada para comprender esta tendencia que demanda articular desarrollo, sostenibilidad y justicia para las comunidades. En su visión se confirma que es posible construir un futuro donde el crecimiento económico no esté reñido con el respeto por la vida, la cultura y los territorios.

Patricia Balbuena Palacios
Magíster en Políticas Sociales y abogada con más de 25 años de experiencia en inclusión social y derechos indígenas. Exministra de Cultura y exviceministra de Interculturalidad.
